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jueves, 10 de enero de 2008

Capítulos Finales: Verte y Después Morir Vol. III y Final.

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Ese primer encuentro con Andrés –imprevisto, arriesgado y desenfrenado- fue uno de los polvos más maravillosos de toda mi vida. Era tanto el deseo, la sorpresa y la hermosura de su cuerpo que, habiendo bebido solo agua, las imágenes en mi memoria tienen el aura y el sopor propio de las drogas.

Ambos nos entregamos con frenesí y confianza, como amantes reencontrados luego de una separación impuesta. Fue magia, fue la esencia misma del placer.



Ninguno de los dos llevaba preservativos así que no hubo penetración y quizá por ello el encuentro fue tan dilatado y creativo. Luego de recorrernos exhaustivamente con todos los sentidos, Andrés me tumbó boca arriba y se arrodilló de espaldas sobre mi cara. Cruzó sus piernas de sándalo bajo mi nuca y descendió lentamente entreabriendo sus descomunales nalgas con ambas manos hasta casar aquél capullo palpitante con mi boca.

Lo que siguió a este acoplamiento es difícil de narrar, quizá pueda aproximar una imagen diciendo que nuestros cuerpos se trasmutaron pues la sensación, la huella de placer que recuerdo, no es la de haber lamido su culo, sino la de haberle penetrado, con todas mis fuerzas, en una boca hambrienta y traviesa. Nunca mi lengua ha encontrado manjar igual ni ha sido tratada con tanto mimo.

Nuestros orgasmos fueron simultáneos y poderosos, al menos el mío, que me trasladó por un segundo a un espacio fulgurante y vacío, cuyo silencio hería mis oídos. Andrés se derramó sobre mi torso y mi chorro fue a estrellarse contra su pecho.

La despedida fue tierna, quizá un poco triste, Andrés tomó mi teléfono y prometió llamar algún día.

Y de nuevo, contra todo pronóstico, llamó, no una vez, sino varias. Andrés se sentía culpable de traición con cada encuentro y juraba que no repetiríamos pero, de tiempo en tiempo, cada tres o cuatro meses para ser más preciso, el deseo lo sobrepasaba y me llamaba. Ese deseo era compulsivo y arrebatado, cuando Andrés llamaba –como solía decirle entre risas- parecía estar erecto y pretendía que yo apareciera frente a él al instante.



El destino fue nuestra gran Celestina: Resultó que trabajábamos a media cuadra el uno del otro y que él estaba terminando un postgrado en la misma universidad donde yo comenzaba uno, así que hubo encuentros loquísimos que no me atrevería a repetir, pero que mantenían ese efecto narcótico que tanto nos enganchaba.

Una tarde me llamó al salir de su oficina, yo estaba en la mía haciendo tiempo para luego ir a clases, así que, sin fuerzas para decir que no, terminé mamándosela en mi despacho, ambos de impecable traje, él recostado sobre el escritorio y yo en mi silla. Recuerdo que su eyaculación fue copiosa y unas cuantas gotas cayeron sobre mi corbata. Mi admiración por su belleza era tal, que así mismo me fui a clases, exhibiendo los sospechosos rastros con orgullo de condecorado.

Otro día lo conseguí por casualidad en el cafetín de la universidad. Ya me había advertido –ahora sí en serio- que nuestras imposturas no se repetirían, pues no podía con el remordimiento después de cada polvazo, pero terminamos echando uno en el carro, viendo pasar -no muy lejos- a estudiantes y vigilantes.

La calle, el estacionamiento de un centro comercial, cada encuentro accidentado y sin plan alguno era conquistar otra fantasía o algún fetiche.

Sin embargo, el leitmotiv de nuestra extraña relación era esa mala costumbre suya de llamarme en los momentos menos esperados proponiendo citas para ‘ya’, no para mañana, o para esa tarde, ni dentro de dos horas sino ‘ahora mismo, ¡vente ya!’.

Así, durante años, me perdí a mitad de reuniones de trabajo, almuerzos, fines de semana familiares, o llegando a casa -después de horas de cola- debía devolverme atosigado por sus llamadas:

“-Por dónde vienes, ya estoy aquí…”.

El sexo siempre fue maravilloso, inenarrable, solo con él y mi pareja he podido ir directo de la calle a la cama sin pasar por una ducha o un mínimo acicalamiento. Su cuerpo, su piel, el aroma de su entrepierna y, sobre todo, su culo eran mi segundo hogar, mi casa de verano. Luego de comernos como animales, Andrés me hacía abrazarlo, generalmente de espaldas, y así, encajado en mi cuerpo, se dejaba acariciar como un cachorro, siempre en silencio. Solo una vez abrió la boca y fue para musitar entre suspiros un puñal envenenado:

“-Ojalá te hubiese conocido antes...”.

Si hasta ese momento había mantenido mi Yo ‘romántico’ a raya y vivía la relación con perfecta asepsia racional, aquella frase me volvió re-mierda y me atormentó por meses.





Luego de esa imprudente confesión, Andrés –también enrollado- se perdió y no volvió a aparecer sino hasta un año después. La historia se repitió: una invitación a tomar un café, solo para conversar, y terminamos en un hotel…

La relación con Andrés cumplirá pronto diez años. Él dice que soy su único y mejor amigo, y es que, además del sexo (maravilloso, divino), he fungido como compadre para escuchar sus penas maritales, fui el hermano que consoló la supuesta infertilidad de su esposa, delinquí y pequé al hacerme cómplice del aborto provocado a una amante a la que dejó preñada y, finalmente, soy el amigo con quien celebró, por fin, el nacimiento de sus dos hijos…

Con el tiempo, Andrés se fue curando de la culpa que, como crisis alérgicas, lo atacaba luego de cada encuentro. Con los años, también fue perdiendo ese brillo y tersura propios de la juventud: ha engordado, ha perdido algo de cabello, pero sigue siendo hermoso. En su perfección, su cuerpo tiene la virtud de alojar los kilos donde mejor le quedan: en las nalgas, el pecho, las piernas. Así, mientras yo tengo una panza huérfana de gracia, él es una mole de carnes duras y deseables…

También he aprendido a decir NO, y es que no podía seguir, cual Cenicienta, dejando el reguero tras la carrera cada vez que Andrés decidía aparecer. Así que los encuentros no siempre se concretan, pero siguen siendo cíclicos e, inclusive, nuestros cuerpos llevan la cuenta como relojes gemelos: cuando llega ‘el momento’, en mí se desata una añoranza física, un desasosiego, comienzo a recordar su sonrisa, su cara, su cuerpo desnudo acunado entre mis brazos y en ese justo instante miro al teléfono que no tarda en repicar:

“-Qué estás haciendo, por qué no te vienes y nos tomamos un café”.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

San Sebastián del Orgasmo Seco

Siempre he visto con sospecha y asombro a esos hombres que se descubren homosexuales más allá de la pubertad, entrados en la edad adulta o incluso casados y paridos. Sin embargo, tal cosa debe ser cierta pues yo mismo fui testigo de la metamorfosis de un muy querido amigo, el único amigo ‘straigh’ con el cual había logrado trabar una confianza tal que conocía a mi pareja, nos acompañaba a sitios de ambiente y no juzgaba ni marcaba distancias. Él tenía su novia, se la cogía y era feliz…

Pero un buen día dejó a su tierna, se volvió el más compinche de mis compinches y poco tiempo después, entre lágrimas, me contaría que sentía algo muy especial por el hijo adolescente de su conserje, aquel sentimiento era tan fuerte que lo llevaba a pararse a las 5 de la mañana para ayudar al muchachito a sacar la basura del edificio… Así, a sus 25 años, mi mejor amigo ‘straigh’ devino en loca asalta cuna y de aspiraciones rastreras.

Aunque lo acompañé y le apoyé fielmente durante su crossover, nunca me creí del todo que tan desaforada pasión homo-pedófila hubiese surgido así no más, de la nada.

Claro, seguramente no me lo termino de creer (en su caso y en todos los similares) porque yo siempre tuve clarísimo mi gusto por los hombres. Tan natural era aquel sentimiento que el verdadero trauma llegó cuando comprendí que aquello que me había acompañado desde siempre era para los demás una aberración vergonzante y antinatural, supongo que algo similar sentirían Adán y Eva al reconocerse por primera vez desnudos luego del pecado original.

Preclaro desde siempre, con ocho o nueve años, la pornografía era un tema absolutamente desconocido para mi, quizá habría visto ya alguna revista de mujeres desnudas en el colegio y por esa época, o poco después, conseguiría una única revista que pertenecía a mi padre y que, obviamente, solo mostraba mujeres. Pero imágenes de hombres desnudos no llegarían a mis manos sino mucho tiempo después. Así que mis primeras pornográficas con las que mataba mi curiosidad y algunos años más tarde asistiría mis masturbaciones secas, fueron los libros de arte de la biblioteca familiar. Entre ellos había uno especialmente bueno, uno hermosamente empastado en cuero azul que compilaba centenares de fotos en blanco y negro.

Aunque las fotos eran pequeñas, ofrecían un paraíso de hombres desnudos: dioses griegos, emperadores romanos, santos martirizados…

De aquellas imágenes, dos eran definitivas, la escultura de Laocoonte y sus hijos: no sabía bien qué podría hacerse con un cuerpo como el de aquel hombre, pero de que algo bueno podía inventarse estaba segurísimo, y las pinturas de San Sebastián: yo no era consciente de mi propia homosexualidad pero de que San Sebastián era, ¡era!

¿O no lo creen así?



P.S. (12-01-08): Lo que sigue, es una pequñísima muestra de la iconografía de San Sebastián, pero la compilación más exaustiva que conozco (¡de meter miedo!...) está en este vínculo: http://bode.diee.unica.it/~giua/SEBASTIAN/ el cual es un dato que me regaló hoy Alex Macías, quien amorosamente lleva el blog 'Opera Scherzo', una rara joya que es necesario visitar...



























jueves, 1 de noviembre de 2007

Verte y Después Morir, Vol. I


Reza un adagio: “Ver París y después morir". Me gusta pensar que la sentencia realmente se refiere a esa sensación especialísima de realización, éxtasis, arrebato y entrega sin reparo que nos produce el encuentro, así sea solo como espectadores, de algo perfecto…

En términos mucho menos poéticos y limitando la observación a la belleza física masculina, siempre he dicho: Hay unos pocos hombres perfectos a quienes solo mirar es un regalo divino y ante quienes –de llegar a interesarles- cualquier cosa distinta a una total rendición sería pecado mortal. En cualquier circunstancia, en cualquier momento, con cualquier consecuencia; ante el requerimiento de un “Perfecto” solo cabe una opción: la entrega incondicional…

Espero saber explicarme: no se trata de chicos lindos, hombres “recontra-buenos” ni siquiera de esos raros ejemplares que encajan con precisión en nuestra imagen del hombre perfecto (así, con minúscula), no. Un “Perfecto” (con P capital) es un ser que va más allá de lo que siempre hemos deseado, de cualquier fantasía o deseo. Un “Perfecto” es aquel que al cruzar tus ojos se vuelve lo único presente, detiene el tiempo y cuya luz pareciera golpearte el cuerpo diluyéndolo, dejando solo un par de ojos suspendidos en la nada anhelantes frente a sí.

No sé si haya quienes vivan esta experiencia varias veces en su vida o quienes se bajen del tren sin haberla saboreado, solo sé que en mi nada corto recorrido terrenal solamente he visto un “Perfecto” a quien -¡Alabado sea el Señor en las alturas!- llegué a “conocer”…

Esa tarde estaba yo muy tranquilo en plan desintoxicación en el sauna del gimnasio. Era temprano, de hecho, esa hora era inusual para mí pero debido a una cadena de extraños accidentes ese día sólo portaba mi celular y las llaves de casa, así que alcancé allí a mi cuñado para aprovechar su auxilio y concurrir juntos a un “evento-compromiso” familiar. El sitio estaba casi vacío. Sentado en el primer tramo de la tarima de madera divagaba en alguno de mis monólogos tormentosos con la mirada perdida en la vidriera y es que, supongo que para evitar malas tentaciones, el sauna era una salita angosta con una sola fila de asientos de dos niveles que daban de frente a un gran ventanal.

Bien, en eso estaba: “viendo lejos” como dicen por acá, cuando desde los vestidores se presentó una visión: un “Perfecto”, lo supe al instante. Como he dicho uno de los fenómenos cuánticos que acompañan la aparición de un “Perfecto” es la inmediata paralización del tiempo a su alrededor. Por eso lo supe, pues ese instante entre su asomo en la puerta de la zona húmeda y su ingreso al salón, se cuajó y fue eterno permitiéndome detallar su silueta, y es que la luz entraba a borbotones desde los vestidores tras de sí.

Era un muchacho joven, no más de 27 años y una talla superior al metro ochenta. Su cuerpo era un dibujo de Centeno Vallenilla, uno de los gigantes de la Fuente Venezuela: cabeza cuadrada, cuello grueso, espaldas anchísimas que caían en peligrosa pirueta sobre una cintura prieta; piernas de vértigo: muslos gruesos y firmes que se apoyaban sobre sólidas rodillas para luego prodigarse en unas generosas pantorrillas.



Venía desnudo, con una pequeña toalla blanca en la mano. Cegado por la luz, no pude ver lo que tenía entre sus piernas pero bien me hubiese dado por satisfecho con lo visto hasta entonces.

El tiempo reanudó su marcha y el “Perfecto” ingresó a la sala. Bajo las luces fluorescentes pude ahora ver el contenido de la silueta: un mar de piel color aceituna, entre dorada y cetrina, sin marcas ni sombras; todo él parecía estar bañado en cobre líquido. Tres máculas rompían aquella uniformidad: dos pezones rosados que no eran tetillas sino pezones, pálidos y del tamaño de un fuerte, y una moquetita de pelo negrísimo sobre su verga.

En ese instante, como sucede siempre en estos casos, yo no existía me había disuelto en el aire cálido, era solo una mirada plena de deseo.

Aquellos breves segundos me parecieron más que suficientes y, pesimista por convicción, estaba seguro de que el joven pasaría directo al vapor pero no fue así. El “Perfecto” se dirigió hacía mi, abrió la puerta y me miró a los ojos. En ese momento regresé a mi cuerpo y tomé consciencia de que, para él, seguramente yo había ejecutado una rutina de buceo descarado y lamentable, digna de un buen reclamo; pero simplemente entró al cuarto, cerró la puerta y se subió al segundo nivel del entablado clavando los ojos en el infinito.

Esa tarde despejé todo temor a las advertencias de mi abuela: “¡No tuerzas así los ojos muchacho, que te va a entrar un mal aire y te vas a quedar visco!”, pues aquello de mantener una actitud decente, la cara al frente y a la vez recorrer cada centímetro de su cuerpo no era tarea fácil.

Como pude, comprobé que no se rasuraba pues todo su cuerpo estaba cubierto de un vellón muy fino solo apreciable a corta distancia. Confirmé que sus piernas eran perfectas: sus pantorrillas bajaban en una curva deliciosa y amplísima que moría en sus talones. Pude ver que sus manos y pies eran también grandes e impecablemente cuidados y que el perfil de su cara era tan o más hermoso que su visión frontal: su nariz era grande (como todo él) pero armoniosa y diabólicamente masculina, su frente era alta y vertical: un risco sobre el cual rompían olas de un mar endrino, rudos rizos, hilos de ónix.

Pero lo mejor de todo era el espectáculo que ofrecía su verga. Ya he dicho que todo él era grande y me gustaría explicar bien esto: no se trataba de un cuerpo construido a base de ejercicios -claro que se ejercitaba y estaba en tono- pero era obvio que se trataba de estos seres benditos que detentan un cuerpo hermoso por naturaleza y sin esfuerzo alguno. Todo él parecía hecho a una escala mayor, cada músculo hinchado, cada hueso crecido eran así de suyo no por pesas o esteroides… Bueno, siendo un hombre “grande” su pene no estaba fuera de proporción: era grande, quizá de unos veinte centímetros pero el largo se veía compensado (por no decir opacado) por el ancho. Ese pene, un pene “Perfecto”, visto desde abajo y en lateral colgaba como un péndulo entre sus piernas al borde de la grada.

Afortunadamente yo estaba cubierto con la toalla pues la erección que sufría era apoteósica. Recuerdo con gracia que ya llevaba varios minutos en el sauna cuando él llegó y comenzaba a sofocarme pero salir era imposible porque no había manera de esconder mi excitación.

Demás está decir que ni en un solo instante llegue a pensar que a aquel “Perfecto” le pudiese siquiera importar mi presencia y menos aún que tuviese interés en cruzar palabra conmigo, de manera que cuando –con la proeza fisiológica de verlo con la oreja derecha- advertí que la verga se le comenzaba a llenar de sangre me dio como una vaina (y lo siento pero no puedo ser poético: ¡me dio una vaina!). Aquella bestia de bronce empezó a crecer y a crecer, y aunque se veía cada vez más pesada, comenzó a levantarse hasta que se perdió tras su muslo izquierdo luego de lo cual él tomó la toalla (siempre sin verme) y se cubrió.

Era obvio que el “Perfecto” se había excitado, y ante la ausencia de otro ser humano en derredor, la cosa parecía ser responsabilidad mía.

De seguida, él se incorporó, se detuvo frente a mi para descubrir su pene que luchaba por mantenerse a noventa grados del piso y se envolvió en la toalla. Me miró, sonrío y salió pasando directo al vapor.



He dicho que por un “Perfecto” todo riesgo es despreciable así que, decidido a recibir –cuando menos un desplante y, posiblemente, un coñazo- salí a recuperar el aliento y bajar mi propia verga en las duchas frías entrando tan pronto pude al vapor.

…¡Me habló! No recuerdo cómo inició él la conversación, ni cómo fui yo capaz de mantenerla con algo de coherencia, a partir de allí todo es nebuloso en mi memoria, solo puedo precisar que se llamaba Andrés, que era economista, que vivía cerca …y que necesitaba ayuda con el análisis de las disposiciones económicas de la nueva constitución para un informe de su trabajo, cosa en la cual –miren ustedes- yo le podía ser útil.

Me invitó a su casa donde tenía disponible el material necesario: “-Sí, esta misma noche. Si no tienes problema podemos irnos ya…”, cosa a la que accedí de inmediato sin importarme que no tenía un centavo ni papeles encima, que no sabía para donde iba, que me esperaban mi cuñado y mi familia, y con plena consciencia de que aquello no sería más que un descarado chuleo intelectual (¡por lo cual agradecí nuevamente a mis padres el haberme obligado a estudiar como un condenado!).

Me vestí conversando animadamente con mi nuevo amigo que poco a poco fue sacando del locker las piezas de un regio traje de paño oscuro, camisa blanca de mancuernillas, zapatos de piel, una corbata arrechísima. Nada en él era chabacano o de dudoso gusto. Espero poder trasmitirles lo que significó vivir aquel proceso a la inversa: pasar de haber contemplado la absoluta desnudez de un hombre “Perfecto” a verlo luego vestirse a cuatro palmos, poco a poco y con una elegancia absoluta. Aquello era demasiado, ¡demasiado!

No crean que no me asaltaban las dudas, ni en las noches más locas de discoteca, bares o encuentros con amigos de amigos yo me había ido así con alguien. La imagen de una foto mía bajo el titular: “Hombre solo muere en ‘extrañas’ circunstancias” era conjuro suficiente para mantenerme en mis cabales. Pero esa tarde, esa noche incipiente, al ver a aquel Dios moderno, a ese hermoso entre los hermosos acepté el riesgo cierto del más infamante de los asesinatos: “¡Pero me encontrarán con una sonrisa de oreja a oreja!”.

Una vez vestidos salimos del gimnasio, yo rogando no conseguir a mi cuñado en el camino pues la cabeza no me daba para inventar excusa alguna…

No sabía qué carajo iba a hacer, por pura rebeldía ciudadana me había negado a leer siquiera la nueva constitución y además, de las diversas ramas del derecho, el económico nunca había sido de mi interés, así que en realidad la ayuda que le podía ofrecer era nula…

Afortunadamente, él vivía en una zona aparentemente segura y relativamente conocida por mí: a quince cuadras –más o menos- vivía un amigo, cosa que me tranquilizó.

Subimos a su casa, abrió la puerta y me hizo pasar: “-Toma asiento, déjame buscar los papeles y ya estoy contigo”. Seguí a la sala. Camino al sofá encontré un mueble con la típica colección de portarretratos, el más grande: uno de plata que exhibía una foto de Andrés vestido de chaqué y sosteniendo grácilmente a una bella muchacha en traje de novia…



.../...

(Por parecerse algo a él, las imágenes son: 1. "Estatua de la Fuente Venezuela", fotografía de Alex Franka 2. "Magnolias" de Pedro Centeno Vallenilla).

martes, 4 de septiembre de 2007

Derroteros del Incesto

Mi primer recuerdo de un hombre desnudo es el de mi propio padre en nuestro baño.

Cosas de casa, en mi familia somos muy pudorosos: nada de nudismo hogareño, puertas abiertas o duchas compartidas. Sin embargo, por alguna extraña razón, ese día me bañaba con mi padre.

No puedo recordar qué edad tenía o alguna otra circunstancia, la imagen es tan solo una foto: una pieza de carne blanca rodeada de una maraña de vellos negros que colgaba entre las piernas de mi papá justo frente a mis ojos. En ese recuerdo no identifico morbo alguno, más bien sorpresa y curiosidad ante la desproporción de aquel miembro que en nada se parecía al mio. Sin embargo, hoy –después de todo lo vivido- creo que pocos ejemplares han igualado la hermosura, el poder y, sobre todo, la naturalidad y la confianza que evocan en mi el recuerdo del pene paterno.

Luego de esa vez, no volví a ver a mi padre desnudo.

Si mi primera contemplación sexual tuvo como sujeto a mi padre, mi primer contacto físico también fue consanguíneo. Mi tío vivía (y vive aún) en el interior. Otra de las notas típicas de mi familia –por ambas ramas- es el desapego casi displicente entre las diferentes estirpes. Por ello, las visitas de mi tío (como las de cualquier pariente) eran rarezas esporádicas.

Yo tendría nueve o diez años y mi tío –de treinta y tantos– nos visitaba. Fue alojado en mi cuarto, en una cama junto a la mía.

En ese entonces mi tío era sólo eso, mi tío. Hoy reconozco que era un oso perfecto: fornido, con una gran barriga, moreno, medio calvo, de piernas y brazos gruesos pero armoniosos, y groseramente velludo, la sombra de su barba comenzaba en el límite de sus párpados inferiores.

En este caso tampoco recuerdo los prolegómenos, sólo se que –acostados en la misma cama- un inocente juego de cosquillas devino en una sesión de caricias mías sobre su pecho. Si en el baño con mi padre no hubo hasta hace poco ninguna carga erótica, he de confesar que acá el morbo era mucho y -sobe todo- mío. Paradójicamente en esta historia (como intuyo sucede en muchos episodios pedofílicos) la víctima era el adulto.

Yo acariciaba su pecho y poco a poco fui extendiendo el recorrido de mi minúscula mano hasta su panza y, luego de varias rondas, al borde de sus interiores. Todo él era pelos y carne dura, pelos rudos y piel de macho. En ese momento sentí, por primera vez, ese corrientazo helado que recorre la espalda el justo instante en que se decide dar un paso que puede ser mortal… Esa nueva caricia, rasante y velocísima, cubrió su calzoncillo y regresó al pecho. Me detuve a esperar –también por primera vez- las consecuencias apocalípticas de mi lisura, pero sólo obtuve por reacción un: “sigue…”. Seguí. Mis caricias iban del pecho a su bajo vientre, cada vez más suaves, más conscientes y anhelantes.

Otra sentella de hielo e introduje mi mano en sus interiores. Recuerdo vívidamente aquel primer contacto con el sexo de un hombre: la piel fina, abundante y móvil; la flacidez palpitante de su pene exageradamente gordo y la dureza petrea de su testículos.



No recuerdo que esa noche, o las siguientes, mi tío haya tenido una erección y yo, inocente como nunca luego, era incapaz de regalársela. Me limité a acariciarlo suave y rítmicamente, para detenerme luego en su verga y conocer, a tientas y ciegas, los misterios de la entrepierna masculina.

Varios años después, y esta vez en su casa, pude disfrutar nuevamente de mi tío. Entonces, contando 16 años, supe como excitar su cuerpo. Erecto, descubrí que él poseía la verga más gruesa que –aún ahora- haya visto en mi vida… Con no más de 10 cm., su pene es incomprensiblemente grueso y su cabeza lo supera… Lo masturbé varias veces pero, qué estupidez, no me atreví a más.

Nunca lo vi acabar. Él es heterosexual, jamás me buscó o propició mis excesos, así que justo ahora me parece comprender que –sabiéndome homosexual- quiso ofrecerse a mi –o más bien, tolerar de mi- esos primeros contactos. Siempre agradeceré la ternura de su “dejarse hacer”.

El próximo hito de mi evolución sexual también sería incestuoso.

Tenía yo trece años y, urgido de un curso de nivelación que salvara mi segundo año, fui a dar a casa de una tía profesora en una ciudad vecina. Como he dicho, nuestras relaciones familiares son particularmente distantes, así que aquella visita fue una experiencia única e irrepetida que me puso a vivir por una semana en el cuarto del menor de mis primos quien, a sus 15 años, era la personificación del vocablo “belleza”.

Una tarde de lucha greco-romana (de nuevo un juego era el camino) me dejó completamente dominado: mi cabeza presa entre sus muslos. Él me amenazó con “meterme la paloma en la boca”, yo le reté a que lo hiciera y él lo hizo…

Con mi primo aprendí a mamar, a recorrer cuerpos con mi lengua y a acariciar nalgas para madurar la fruta que ellas atesoran. Fue una semana maravillosa, quizá la más feliz de mi vida sexual pues cada forma de contacto fue un prodigio que se reveló ante nosotros libre de malicias y conocimiento previo.

De esa experiencia hay un recuerdo especialmente importante: inocentes y torpes, nuestros encuentros no eran más que ejercicios taoístas pues no se nos ocurría que tanto retozo erótico debiese culminar con un orgasmo… Una tarde, mientras chupaba la verga a mi primo, lo sentí gemir y tensarse. De inmediato, un líquido espeso, tibio y acre llenó mi boca. Su descarga debió ser ingente pues, a pesar de haber tragado dos o tres veces, luego de recuperarse y ante mi paralizado asombro, mi primo pasó su índice por mi quijada y luego, en un gesto de masculinidad y erotismo supremo, azotó su mano arrojando al piso los restos de su leche.

He aquí las bases biográficas de mi obsesión fálica y sus circunstancias: mi gusto por el vello púbico al natural, mi preferencia por las vergas gruesas más que grandes y, principalmente, la sacralización del sexo oral como acto supremo de intimidad y entrega homosexual. En mi imaginario, la fusión biológica que para los heterosexuales significa dar vida a un tercero a través de la concepción, entre dos hombres se concreta cuando uno de ellos entrega al otro, como alimento, la esencia misma de su ser.


(Imágenes prestadas desde la galería virtual de Stephen Williams)